lunes, diciembre 14, 2015

Maximilian Voloshin Poemas






MAXIMILIÁN   VOLOSHIN
(1877-1932)

Nació en Kiev, Ucrania. Estudió en la Universidad de Moscú. La primera parte de su vida, hasta 1917, la pasó en viajes por diversos países de Europa; en 1917, se radicó en Crimea, donde permaneció hasta su muerte.
   Residió muchos años en París, donde estudió pintura entre otras cosas. En Grecia e Italia descubrió, según él mismo, “la patria de su espíritu”.
   De regreso a Crimea, se mantuvo alejado de la política, dedicado a las letras, pero con la Revolución y la guerra civil que le siguió, sus poemas comienzan poco a poco a reflejar su dolor por el futuro del país.
   Escribió acerca del terror y los sufrimientos de aquellos años, hasta que le prohibieron publicar sus obras.
   Pasó sus últimos años en la miseria, ganándose la vida con sus pinturas.



EL   PEREGRINO

Soy como el peregrino de los viajes sin retorno,
voy de hogar en hogar y de país en país.
Presiento una hermana en cada muchacha
y en vano busco entre los hombres un hermano.
Mi alma se llena de punzantes alegrías;
tengo fe en la vida, en el sueño, la verdad y el juego
y sé que al fin descansaré junto a mi Padre,
allí donde me esperan los míos.



PARÍS

El ocaso lucía su sonrisa carmesí.
París se ahogaba en tiniebla purpurina.
Con gesto de tristeza el día cansado
abatió su frente contra el húmedo suelo.

Y abrió lentamente la noche
su ala gris sobre el mundo.
Alguien fundió un puñado de piedras
y las arrojó en el líquido cristal.

En sus sedas desteñidas
el río mecía un buque blanco,
y había fiesta en el seno de las aguas:
danzaban las luces en las olas.

Unas filas de álamos enormes,
gigantescos, se juntaban en el río,
y se encendían los diamantes


en el almenado encaje de las ramas.

   Amar sin lágrimas, sin quejas.
   Amar sin fe en el regreso...
   Que cada instante sea
el último en la vida. Que lo pasado
no nos atraiga, irresistible.

   Que la vida se deslice en anillos de humo,
que pase, se disperse...
y que la tristeza de la tarde alegre
nos envuelva en su abrazo.

   Mirar cómo se funden sin señal
los vestigios del ensueño, nunca
separarse de la dicha triste,
y acercándose al fin del camino,
suspirar y marcharse alegremente.



LA   CABEZA

(A la memoria de la princesa de Lamballe) Septiembre, 1792

Este cuerpo ágil, apasionado,
la plebe lo pisoteó,
lo insultó,
lo desnudo...

y no osé mirarlo...
Pero me separaron del cuerpo
echando trizas
de carne destrozada sobre las piedras...

Y la plebe de París
me llevó por el tumulto de las calles.
Bebían ajenjo en la taberna
y me echaron sobre el mostrador mojado...

Un barbero me alzó del lodo,
peinó mis blondos bucles,
puso carmín en mis mejillas
             y las empolvó.

             Ultrajada y toda herida,
             ondulada por una mano sucia
             como para la fiesta,
             me erguí en la punta de una lanza
             sobre la muchedumbre.

             Se arrebataba la bacanal...

Cantaba la gente en una mística locura
y como llamas resonaban las canciones.

Me pareció estar en un baile de Versailles...
La suave danza me envuelve y me lleva...
Y por la escalera estrecha de la prisión
en la torre del Temple, hasta la ventana de la Reina
me levanté, mensajera del pueblo.



EL   JURAMENTO

   De la sangre derramada en las batallas,
del polvo de los que fueron convertidos en polvo,
del martirio de las generaciones ejecutadas,
de las almas que se santiguaban con sangre,
del amor que odia, de los crímenes, de los furores
surgirá una Rusia justa.

   Rezo tan sólo por ella.
   Tengo fe en los propósitos eternos:
se forja a golpes de espada;
se empiedra en los huesos;
se consagra en las batallas;
se construye en las reliquias ardientes;
se funde en las oraciones enfurecidas.

(“Caminos de Rusia”, 1921)




EL   TERROR

Por la noche se preparaban para el trabajo.
Leían relaciones, informes, expedientes.
De prisa firmaban sentencias.
Bostezaban. Bebían.
Por la mañana repartían vodka entre los soldados.
Por la noche, a la luz de las velas,
llamaban por lista a hombres y mujeres.
Los empujaban al patio sombrío;
les quitaban calzados, ropa interior, vestidos.
Los ataban en líos; los cargaban en el carro; los llevaban.

Dividían anillos, relojes...
Por la noche los conducían, descalzos, hambrientos,
por el suelo helado, bajo el viento Nordeste,
fuera de la ciudad, hacia vacíos solares.
Con las culatas los empujaban hacia la barranca,
los alumbraban con las linternas, y durante un medio minuto
trabajaban las ametralladoras.
Los acababan con las bayonetas.
Aun vivientes, los echaban en el foso.
De prisa los cubrían de tierra,
y entonces, con un canto largo y sonoro
retornaban a la ciudad.
Al amanecer, se deslizaban hacia las mismas barrancas
mujeres, madres, perros.
Excavaban la tierra, peleaban por los huesos,
y besaban la carne querida.

(“Caminos de Rusia”, 1921)



EN   EL   FONDO   DEL   INFIERNO

A la memoria de A. Blok y N. Gumilev

   Cada día más salvaje, más sorda,
se entorpece, lívida, la noche.
   Un viento fétido apaga, como velas, las vidas.
   Ni llamar, ni gritar, ni ayudar.
   Oscura es la suerte del poeta ruso:
un destino impenetrable lleva a Pushkin
frente a la boca de una pistola;
a Dostoievsky, al cadalso.
   Quizá yo correré la misma suerte,
mi amarga Rusia filicida,
y pereceré en el fondo de tus sótanos,
o me deslizaré en un charco de sangre.
   Mas no abandonaré tu Calvario,
ni renunciaré a tus tumbas.
   Deja que acaben conmigo el hambre y la malicia.
   No escogeré otro destino:
si debo morir, moriré contigo,
y contigo me levantaré, como Lázaro del ataúd.

(“Caminos de Rusia”, 1921)