viernes, octubre 31, 2014

Daniel Teobaldi Cuentos


Daniel Teobaldi


CUENTOS






Labradores


            Es extraño: siempre advierto alguna diferencia en el pe­queño cuadro, cuando me detengo a mirarlo.
            La pintura reproduce la imagen de un labrador en medio de un vasto campo dorado. El horizonte -dorado también- cambia con brusquedad para transformar­se en cielo intenso y diáfano. Algún ave que cruza, y el labra­dor, con su hoz pequeña, reco­giendo el grano.
            Es un labrador como cualquier otro que regresa a su casa, después de trabajar durante todo el día, donde lo aguardan su esposa y sus hijos. Los pequeños lo reciben alborozados.
            - ¿Y Luis?, pregunta a la mujer, que está de espaldas, pre­parando la cena.
            - Todavía no ha vuelto, le responde.
            Mira el labrador por la ventana y dice que ya es demasia­do tarde.
            - Tendría que estar de vuelta.
            La mujer lo mira.
            - Después de la discusión...
            - Él no me entendía, dice sobresaltado el labrador.
            Grita otras palabras inaudibles. Reprimidas palabras. In­gobernables letanías.
            Los niños se arroban en un rincón oscuro, aturdidos por la escena. Temen alguna reacción desconocida de su padre. Él ges­ticula y pide que le digan si no tiene razón.
            Mientras tanto, la luz de la lámpara se intensifica, al momento en que el sol muere por ese día.

            El pan blanco. El vino. La sopa espesa. Algunas legumbres, carne co­cida y hortalizas frescas. Después, la fru­ta en almí­bar.
            - Y Luis todavía no ha vuelto.
            La mujer procura tranquilizarlo.
            - Ya va a estar con nosotros, de nuevo, como antes.
            - Creo que he sido demasiado duro con él.
            No sin inquietud, el labrador se levanta de la mesa y sa­le, para con­templar el cielo, poblado de estrellas infinitas, mirándolo impasibles.
            El silencio quebrado por algún ruido de la noche.
            Y el inmenso ombú antiquísimo, desplegando sus ramas como umbrosa red indescifrable.

            La alborada, que clarea de sol el cerro de enfrente.
            La infusión caliente. El pan crocante, con manteca y miel.
            - Hay que decirle a Roberto que traiga más. Sus abejas sí que saben trabajar.
            - Mientras le prepare una buena bolsa de granos, el cambio va a seguir.
            El labrador toma su gorra, la pequeña hoz y sale al cam­po.
            En la puerta, mira los ojos de su mujer.
            - Cuando vuelva, mandámelo. Quiero hablar con él.
            La mujer asiente con la cabeza, sumisa, al momento que ve cómo su esposo marcha al trabajo. Como todos los días.

            El horizonte dorado, interrumpido por el cielo muy azul.
            La imagen del labrador, con movimientos acompasados, y a lo lejos, un pequeño bulto oscuro, aproximándose. Lentamente.
            El labrador se endereza, se saca la gorra, se enjuga el sudor de la frente y mira eso que se acerca más y más, cada vez.
            Es su carro, tirado por el caballo. Lo maneja su esposa.
            Trae a Luis.
            El carro se detiene. Los niños juegan entre las doradas espigas.
            Luis se baja. Mira a su padre y, entre los dos, empiezan a cargar el carro con granos.
           
            Es extraño: el cuadro exhibe ahora un carro tirado por un caballo, una mujer que lo guía, y dos labradores cargándolo.
            Regocijado de tanto desconcierto, me levanto, tomo mi pe­queña hoz -tengo puesta la gorra-, y me voy al campo.
            Luis me debe estar esperando.




Los otros


            Éramos siete los sobrevivientes. De eso estábamos segu­ros.
            Habíamos llegado nadando hasta la playa. El avión yacía en el fondo del océa­no.
            Buscamos un refugio antes de que anocheciera. Allí seca­mos nuestras ropas mojadas.
            Cuando desperté, a la mañana siguiente, vi que estaba so­lo; los otros seis ha­bían desaparecido.
            Los llamé; indagué entre bosques oscuros y rocas inmen­sas; en la es­pesa ve­getación y a la vera de arroyos incipien­tes. Y no los encontré.
            Entonces me dispuse a colaborar con la precariedad de mi situación, como cualquier robinson solitario.
            Entre mis actividades contaba la permanencia en la playa, durante varias ho­ras, por si alguna embarcación o avión pasaba y descubría mi pre­sencia en la isla. Procuré hacer un pequeño fuego, a fin de que por el humo pudieran saber que yo estaba allí.
            Una tarde, faltando poco para que cayera el sol, vi que unos hombres se apro­ximaban a la playa nadando. Salieron del océano turbulento y se echaron en las are­nas blancas y todavía cálidas.
            En un primer momento, sentí cierto recelo en acercarme a ellos. Los vi disper­sos; tomé fuerzas y fui.
            Eran siete; vestían camisas y pantalones; todo semejante a mi propio acciden­te.
            Dormían. Los miré y volví a mi refugio.
            Por la mañana, sólo quedaba uno que, al despertar, miró hacia todos los flan­cos y se internó en la espesura, corrien­do.
            Lo busqué durante toda esa mañana, sin hallarlo. Pero, al regresar a mi refu­gio, lo encontré dentro. Lo miré; intenté hablar con él. Pero todo esfuerzo resultó inútil, porque me ignoró con una indiferencia absoluta.
            Lo más extraño era que ese hombre tenía mi rostro y mi contextura física.
            Yo volví con mi rutina playera diaria. También el otro lo hacía.
            Cuando el ocaso se aproximaba, ambos nos retirábamos a nuestros refu­gios.
            Lo curioso consistió en que el naufragio con siete sobre­vivientes, de los cua­les sólo uno quedaba, se repitió día de por medio.
            Ahora, todas las tardes, somos varios los robinsones so­li­tarios con mi rostro que aguardamos en la playa, junto a nues­tros fuegos humeantes, el rescate.
            Todos ignorándonos.


El viento celeste


            Uno siempre parte de un recuerdo. Deja que las imágenes se acerquen; que lo rodeen, como espectros prudentes a la espera de alguna orden sombría; y después, el acecho jubiloso, sereno, en medio de una melopea tranquila y desafiante. Apenas ingresadas en ese instante, en morosa procesión, las imágenes de los recuer­dos van adquiriendo formas distintas. Todas tienen un modo particular de configurarse porque, por esa manera, precisamente, uno puede reconocerlas e identificarlas.
            Miro por la ventana, y todos los árboles parecen columnas de un templo sagrado y oscuro y viviente. Y las alas tensionadas de aves grises y húmedas, sobrevolando las copas de esos pilares, y los rostros ocultos de seres indefinidos que me husmean, que husmean los alrededores, y que se vuelven, desandan­do los pasos que otros pudieron dar antes de que ellos regresaran del templo.
            Todavía permanece en mi recuerdo la imagen de un niño, con ropas raídas y quemadas, caminando lentamente, con el rostro tiznado y mojado por las lágrimas de la soledad reciente, y con una rama en la mano, a modo de cayado, buscando algo que ni siquiera él mismo sabía. Esa imagen se repitió muchas veces en mis sueños, hasta dejarme inmerso en el más absoluto de los insomnios. Hasta transformarme en alguien que ha perdido por completo el sentido de la realidad, porque, entre sus sueños, ya no puede encontrar otro sueño más que ese. Y los amaneceres que se reiteraban con la misma luz, con las mismas agonías, con las mismas venganzas acechando detrás de cada umbral.  
            Una noche albergué al niño en mi cabaña. Lavé su rostro y sus pequeñas manos con agua fresca. Cenamos juntos. Ni una sola palabra pude obtener de él. Apenas unas señales de aprobación o de afirmación o de negación. Algún rechazo. Y nada más. Cuando acabamos de cenar le pregunté su nombre. Silencio. La música de un piano cercano y solitario había empezado a ocupar el espacio de las palabras ausentes. 
            Afuera, la noche permanecía envuelta en la neblina y en la humedad. Volví a preguntarle el nombre. Sus ojos se mantenían en el plato vacío. Sólo advertí una reacción en el rostro cuando aquel piano empezó a ejecutar una melodía que también a mí me resultó familiar. Buscó la ventana, la abrió y miró durante un largo rato el paisaje sombrío y profundo que le brindaba la oscuridad exterior. Su rostro permanecía imperturbable, como concentrado en esa música improvisada. El viento parecía haberse calmado en ese momento. 
            Una vez que levanté todos los enseres de la mesa, traje unos libros y continué con algunas notas que estaba tomando. Cuando el piano dejó de escucharse, el niño continuó un momento más junto a la ventana, hasta que se volvió mirándome, y se sentó a mi lado. Le pregunté si quería acostarse. Asintió con la cabeza. Le había preparado una habitación que reservo para huéspedes. El pequeño quedó inmerso en la oscuridad.
            Al día siguiente, ya no lo encontré en la habitación. Por toda respuesta había una ventana abierta, y el aire fresco y puro ingresando. Miré por la ventana. El aire dio en mi rostro, y tuve toda esa libertad enfrente, tanta que llegué a experimentar cierto recelo. Una especie de miedo ancestral, que se sumergía y me sumergía en un pasado, primigenio, originario. Pero terminé explicándome y justificando el proceder del niño que había escapado.
            Esa mañana bajé al pueblo, en busca de alimentos, y, además, con el propósito de preguntar por el niño. Nadie supo decirme nada, salvo un viajante que, comedido, me dijo que tenía la impresión de haber visto a un niño con las características que yo había dado. Pero lo curioso de esto, fue que también surgió la voz de una mujer, que atestiguó, casi de inmedia­to, haberse encontrado con el pequeño. Le di unas frutas y se fue, dijo.
            Le pregunté al viajante si hacía mucho que lo había visto. Esta mañana, me respondió. Y la mujer agregó que ella también lo había atendido esa misma mañana.
            Por la noche esperé en la galería de la cabaña, por si regresaba. Había lloviznado durante todo el día, y la ausencia del sol hacía que el aire fuera una brisa fresca y espesa. Permanecí atento a cualquier movi­miento que se produjera. Pero todos los intentos fueron vanos. Adentro, me aguardaba el fuego exiguo del hogar y una lámpara fiel sobre la mesa.
            Busqué la cena y la dejé preparada. Cuando fui a cerrar la ventana pude escuchar unos ruidos. Salí de la cabaña y no encontré nada. La noche ya se había transformado en una sombra profunda, a la que solamente el rasguido de algunos grillos le daban las propiedades de la amplitud.
            Al regresar a la cabaña, lo encontré sentado a la mesa, como a la espera de recibir la cena. Por supuesto que no me dijo nada. Tampoco le pregunté sobre ese día. Sus cabellos delgados estaban húmedos, y sus pequeñas botas denotaban el barro mezclado con arena de esas calles desiertas y casi inimaginadas. Preferí darle la cena y hacerlo que se cambiara de ropas, al menos para dormir. Al otro día, las suyas, ya estarían secas, porque iba a dejarlas durante toda la noche junto al fuego.
            Sin despedirse, fue hasta su habitación. Recuerdo que dejó la puerta entreabierta, como para que la luz de mi lámpara ingresara a ese antro oscuro y sin formas.
            Y una vez más, la música del piano empezó a llegar hasta nosotros, no muy lejana. Eran los mismos sones de la noche anterior. Entonces él, como hipnotizado por esa melopea, abrió la ventana y permaneció allí hasta que la música dejó de escucharse. Pude darme cuenta de ello, porque yo había estado en mis lecturas hasta que la melodía cesó. Cuando ocurrió eso, fui a dormir.
            Esa noche tuve un sueño desapacible.
            Solamente conservo en mi memoria una imagen del niño que, mientras me miraba, incineraba la cabaña. En el medio de todo ese infierno, lo único que yo atinaba a hacer era abrir las ventanas, esperando que el fuego acabara, entonces ingresaba un viento, espeso y celeste, que apagaba el fuego, dejando todas las cosas teñidas de ese color. Y en un rincón, el pequeño, mirando azorado todo ese espectáculo estremecedor.
            Desperté sobresaltado. Me levanté buscando agua. De regreso a mi habitación miré hacia el interior del cuarto donde estaba el pequeño. Pero nada encontré. Lo busqué casi desesperado. Pero no lo encontré.
            La ventana estaba abierta. La cama parecía no haber sido usada. Las ropas no estaban en ninguna parte. Solo la música del piano, que se repetía incesante­mente, en un tempo lento. El arrebato de la impotencia me llevó a buscar la puerta de salida y a largarme, en medio de la espesura de la noche, para seguir el reguero que esos sones estaban dejando en toda esa geografía.
            En un momento la lámpara se transformó en un recuerdo. Tuve la impresión de que ya no la necesitaba más, porque podía ver en la oscuridad, sin mayores dificultades. Por eso no me desesperé cuando la perdí. Única­mente un par de chicotazos abrieron la piel de mi rostro, dejando caer un hilo exiguo de líquido cárdeno, espeso y caliente. Sin embargo, no lo sequé, ni lo limpié. Seguí mi camino, porque consideraba mucho más urgente llegar hasta ese lugar.
            Los sones se hacían cada vez más fuertes. El volumen iba aumentando progresivamente, según me aproximaba al origen.
            Hasta que, de repente, la música cesó.
            Ese hecho terminó de desorientarme. Fue como si hubiera caído un manto oscuro en medio de tanta claridad alcanzada, vaya uno a saber por qué medios.
            Ni siquiera estaban allí los grillos, coreando su habitual melopea  nocturna. Sólo el silencio y la sombra.
            Detuve mi marcha. Juzgué que continuar no significaba demasiado, en ese momento.
            Traté de regresar, siguiendo el camino que había hecho, pero al darme cuenta de que estaba en el centro del bosque, no intenté seguir. Había algo que era más fuerte que yo y que, en ese momento, estaba venciendo. Entonces decidí quedarme en ese lugar, sin avanzar ni retroceder, dejando que el silencio me invadiera por completo.
            Abrí los ojos. Miré a mi alrededor.
            Estaba en la cabaña. En el interior de la cabaña.
            Solo.
            En el medio del silencio.

            Abro mi cuaderno de notas y escribo:
            "De aquellas playas desiertas, me queda el recuerdo de la amplitud del cielo. Cada vez que el crepúsculo me toma desprevenido, regresan a mi memoria las imágenes seguras de la playa y, junto a esas imágenes, el recuerdo de un cielo infinito y azul que se desgrana en una música atercio­pelada, y que no me abandona por días, tantos días como los que demoro mi permanencia en la casa que está frente a la playa, en ese lugar pleno de silencio y de mar, tan cercano que ni siquiera el sol puede abarcar. Con una marca definida entre las sombras y los destellos, allí, donde nada es lo que parece que fue, me pregunto cada vez con menos prisa sobre los hechos. Allí, donde nadie puede responder­me, porque las respuestas no significan nada. Busco, y por más que lo hago me encuentro con las manos vacías."
            Leo lo que acabo de escribir.
            Acaso, iniciar así mi relato me ofrezca la posibilidad de afrontar con mayor fuerza lo que la memoria me trae, como el mar, que lleva y que trae lo que todos han dejado caer en él.
            Como este viento celeste, que ingresa por la ventana abierta, que lleva y que trae aromas antiguos y remotos.
            Esa misma ventana que permanece abierta, desde que el niño la dejó así: entre los recuerdos, camino al bosque.



La visita


            A veces me dan ganas de leer esas revistas que traen artículos sobre el cuidado del bebé en el invierno, o cómo mejorar el jardín, o la cocina rápida para la Navidad, me dijo, buscando un diario viejo, que había guardado quién sabe cuándo entre tanta ropa inservible y tanto espacio oscuro, ahí, en el fondo ignoto del placar.
            Melisa revolvió todo lo que tenía a mano. Le pregunté qué había en ese diario. Lo busco porque salió un cuento de tío Raúl. ¿Te acordás de los cuentos camperos que escribía tío Raúl? Le confesé que me costaba sobrema­nera traer a mi memoria los cuentos camperos de tío Raúl, pero está bien: buscá y después decime a dónde vas a poner todo lo que sacaste.
            Ella me contestó un bueno, está bien, ya va, esperate. Lo dijo desde adentro del placar.
            Fui al patio. Estaba fresco y nublado. El canario color anaranjado permanecía en silencio. Tito cantaba solamente cuando había sol. Me acerqué a la pequeña jaulita, metí el dedo entre los barrotes, removí un poco el alpiste, le silbé, para ver si le sacaba algún gorjeo, pero nada. El bichito me miró de reojo, saltó de la hamaca al bebedero, y siguió su rutina leve de ir de un lado a otro de ese espacio reducido.
            Regresé a la habitación. Te traigo un mate, le dije a Melisa, mientras me acercaba por el pasillo. Pero Melisa no me respondió. Cuando entré al dormitorio, la vi, recostada en la cama, con un diario abierto, leyendo, con absoluta atención, uno de los cuentos camperos de tío Raúl.
            - Sabés qué, me preguntó.
            - No.
            - Tío Raúl era un gran escritor.
            - Como muchos que mueren en el anonimato, le dije.
            - Pero si tío Raúl no ha muerto.
            - Melisa, tío Raúl falleció hace dos años. Cómo no te vas a acordar.
            - Tío Raúl está perfectamente vivo y con salud.
            - ¿No te acordás de que cuando murió, vino tío Venancio del campo, y después nos fuimos todos a comer el asado que tío Venancio había traído?
            Melisa me miró y me dijo que éramos unos bestias; que cómo iba a hacer una cosa semejante.
            - Además, eso ocurrió cuando murió tu tío Benjamín.
            - Melisa, estás con fiebre: mi tío Benjamín murió cuando todavía no estábamos casados. Fuimos con papá y con mamá, en la camioneta de Pablo, esa que todavía usa para trasladar parte de la cosecha. Pero eso fue hace mucho. Lo de tío Raúl pasó un par de años atrás.
            Melisa siguió recorriendo la página del diario con los ojos.
            - No estoy convencida. Voy a llamar a tía Maruca para que me diga.
            Pensé que estaba exagerando las cosas. Le dije que no hacía falta, que pensara lo que quisiera, que si ella creía que tío Raúl aún vivía, que estaba bien.
            - No importa. Le hablo a tía Maruca y de paso le pregunto cómo está.
            Me crucé al almacén para comprar dos bollitos de pan. Antonio, desde atrás del mostrador, me preguntó por Melisa.
            - Y, usted sabe: desde que la enterramos, los días se hacen largos, duros y difíciles.
            Antonio, en silencio, me extendió la bolsita con los dos bollitos de pan.
            - Ponga uno más, le dije.
            Y así lo hizo.
            Cuando regresé a casa, Melisa me dijo: ¿a que no sabés quién vino a visitarnos?, al momento en que tío Raúl aparecía por detrás de Melisa.
            Pasamos el resto de la tarde tomando mate, los tres, mientras que tío Raúl nos contaba sus historias camperas.
            Menos mal que llevé un bollito de pan más.
            Con dos, no hubiera alcanzado.



La dueña del secreto


            Cuando desperté, Claire ya no estaba.
            Las aspas del ventilador que colgaba del techo, movían un aire cálido y espeso.
            En la penumbra del cuarto, las cosas se reducían a ese vapor viscoso, que rodeaba mi cuerpo.
            Me levanté y fui al baño.
            Solamente el agua fresca que manaba de la ducha, me otorgaba algún alivio.
            Sabía que no vería más a Claire, o que las posibilidades de volver a encontrarla eran remotas.
            En el dormitorio, miré el espacio que Claire había ocupado durante la noche. La sábana marcaba perfectamente el contorno.
            Salí al patio.
            Allí estaba la piscina, con el agua azul celeste.
           
            Claire llegó una mañana sin sol, a la casa que estaba junto a la mía. Digo estaba, como si la casa hubiera dejado de estar. Porque la que no está, ahora, es Claire.
            Y Claire, era la casa.
            Llegó una mañana en la que yo me ocupaba de ordenar mi estudio. Desde la ventana que da al jardín, colindante con el de ella, pude ver cómo, de un camión inmenso, bajaban infinitos artefactos, enseres, electrodomésticos, muebles, baúles con un contenido incierto, y Claire, organizando el destino de cada cosa.
            Esa noche, las luces de la casa de Claire, permanecieron encendidas hasta altas horas.

            Llego ahora al indescriptible centro de mi relato, y se inicia mi desesperación de escritor.
            Todas las palabras que pueda utilizar, lo sé, no van a ser suficientes para representar los hechos, tal como ocurrieron.
            Esa noche, después de cenar, Claire, miró por el ventanal. Pensé que trataba de controlar si las luces de afuera estaban todas encendidas.
            Está como debe estar, me dijo.
            Qué, le pregunté.
            La luna, me respondió con naturalidad. La luna está llena y en su punto.
            Recuerdo que sonreí levemente.
            Solo falta que te conviertas en una loba, le dije bromeando.
            No en una loba, pero hay algo que quiero que veas, me dijo.
            Advertí que Claire había modificado el gesto de su rostro: estaba seria y sus rasgos se fueron haciendo sombríos, con el paso de los minutos.
            Esperame un instante, me dijo.
            Claire fue hasta la habitación, y al momento regresó. Traía puesta una bata de tela de toalla. Me pidió que la acompañara.
            Salimos al patio, se acercó a la piscina, tocó la superficie del agua con la punta del pie, me dijo está fría el agua.
            Yo no alcanzaba a comprender lo que iba a hacer.
            Miró nuevamente en dirección a la luna, se sacó la bata y la dejó sobre una reposera, de las que usaba para tomar sol. El detalle era que debajo de la bata, Claire nada tenía puesto. Y así, entró a la piscina.
            Fui hasta donde ella estaba. La veía cómo se deslizaba en el agua azul celeste, iluminada por la luz de la luna y por las lámparas que ornaban el espacio.
            En un momento, me dijo acercate que vas a empezar a ver algo.
            Hice lo que me pidió. Me agaché en una de las orillas de la piscina, aguardando que Claire se aproximara.
            Cuando estuvo cerca, dijo mirá la espalda, y yo me fijé en donde ella me señalaba.
            Al principio no podía distinguir demasiado, porque la luz que había no era suficiente, pero a medida que pasaban los minutos, empecé a reconocer unos signos que se iban formando sobre la piel.      
            Eran unos garabatos, que tomaban consistencia en forma de una escritura no reconocible, hasta que las letras se ordenaron, formando palabras y concordando una con la siguiente, de manera que pude ir leyendo, de corrido, un texto con total sentido.
            Entendés lo que dice, me preguntó Claire.
            Demoré hasta que le respondí. No podía terminar de discernir lo que estaba viendo.
            Claire dijo mi nombre, como llamándome a este mundo, como tratando de hacerme regresar a una realidad que yo no debería haber abandonado.
            Entendés lo que dice, me repitió.
            Sí, le dije. Entiendo lo que dice, pero no comprendo nada de todo esto.
            Bueno, dijo Claire. Vamos a hacer lo siguiente: hay un cuaderno y una lapicera junto al teléfono. Traelos, por favor.
            Cuando llegué a la piscina, Claire, con evidentes signos de estar pasando frío, me pidió que escribiera todo lo que leía en su cuerpo.
            Así, me apliqué a la tarea de escudriñar cada palmo de su piel, la espalda, las piernas, su vientre, su pecho, sus brazos.
            Terminaste, me preguntó. Creo que sí, le respondí. Mejor, porque ya me estaba congelando, dijo Claire saliendo de la piscina. De todos modos, el efecto de la luna dura unos minutos más, hasta que la piel se seca totalmente, aclaró.
            Claire se recostó en una de las reposeras, mientras yo cotejaba lo que había escrito en el cuaderno con lo que estaba escrito en su piel, apenas iluminado con la luz de la luna.
            Después, las letras fueron desapareciendo, y la piel del cuerpo de Claire volvió a tener su textura natural.
            Le di la bata y fui adentro.
            Preparé café, en especial uno para ella, porque, si bien era verano, la noche estaba fresca.
            Mientras disponía los pocillos, y esperaba que el agua terminara de calentarse, trataba de entender lo que había ocurrido.
            Claire entró y me preguntó qué pensaba.
            No sé qué pensar, le respondí.

            El azar muchas veces actúa en secreto.
            Al poco tiempo de haber publicado mi novela, en la que un escritor narra­ba una experiencia inaudita, que había tenido con una mujer, cuyo cuerpo estaba totalmente escrito, fui a las librerías, en busca de algunas novedades.
            Cuando me detuve en una de ellas, tuve en frente los efectos del azar: habían puesto, en la vidriera, mi novela junto a la novela de una autora que yo conocía: Claire.
            Llevé la novela de Claire a mi casa y, de inmediato, inicié la lectura.
            Permanecí toda la noche leyendo el libro de Claire, como lo había hecho con su cuerpo, durante tantas noches del verano anterior.
            Pocas fueron las páginas que tuve que pasar, para empezar a reconocer algunos párrafos y una trama, que yo me había ocupado de transcribir, en unas noches de verano, bajo la luna llena, y junto a una piscina.







Los cuentos de esta selección pertenecen al volumen del autor, D. Teobaldi, titulado La otra mirada, Córdoba, Ediciones del Copista, 2007.




 






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