viernes, octubre 01, 2010

SURREALISMO - Sara E. Cameron

Sara Cameron




SURREALISMO




Más bien la vida

... Más bien la vida con sus salones de espera
Cuando sabe uno que no será nunca introducido
Más bien la vida con esos establecimientos termales
Donde el servicio se hace por medio de collares
Más bien la vida desfavorable y larga
Aún cuando los libros se cerrasen aquí sobre rayos menos dulces
Y aún cuando allí hiciese un tiempo mejor que mejor
Más bien la vida
Más bien la vida como fondo de desdén
A esa cabeza insuficientemente bella
Como el antídoto de esa perfección que ella reclama y teme

La vida el afeite de Dios
La vida como un pasaporte virgen
Una pequeña ciudad como Port-à-Mousson
Y como todo está ya dicho
Más bien la vida


Agosto 1923
(De Claro de tierra) [1]



La vida es la elección de Breton, y es el ámbito de interés del surrealismo. Éste se basa en “el libre ejercicio del pensamiento”, mediante el cual intenta “la resolución de los principales problemas de la vida” (Manifiesto, 44-45).
Respondiendo Breton a la pregunta de José María Valverde —entrevista de 1950— sobre cuáles son los ideales y modos de sentir del surrealismo, declara que todo se resume “en la necesidad de cambiar la vida” (El surrealismo, puntos de vista y manifestaciones, 293) [2].
Este cambio es uno, pero conlleva una doble acción: sobre el mundo exterior, una, y otra sobre la interioridad del hombre. “Las dos necesidades que yo pensaba convertir en una sola: transformar el mundo, según Marx, y cambiar la vida, según Rimbaud” expresa en 1950 a Francis Dumont —op. cit., 282—, repitiendo aquí la afirmación que había hecho ya en 1933, al terminar su discurso en el Congreso de Escritores por la Libertad de la Cultura: “Transformemos el mundo, dijo Marx, cambiemos la vida, dijo Rimbaud; estas dos consignas se funden en una sola” (Discurso citado, en Manifiestos del Surrealismo, 264).
Esta confianza en la unidad de los fines es natural en quien concibe “la integridad de la aspiración humana” (Surrealismo, 282). Mas dentro de esa integridad, y aún cuando para los surrealistas resultaba “intolerable” el sojuzgamiento que el hombre ejerce sobre el hombre (op. cit., 127) su genuino interés: la condición humana, los apremiaba por encima de la condición social de los hombres, a la cual incluía (op. cit., 128-138-139).
En lo referente a la transformación del mundo, el marxismo era para los surrealistas, el “instrumento” adecuado, (op. cit., 138) y en consecuencia adhirieron a él. Los comunistas que a su vez pretendían de los surrealistas una acción militante (op. cit., 125-131) y al mismo tiempo les desconfiaban; no entendían sus publicaciones y los consideraban incompatibles con la revolución: alentaban una abierta hostilidad hacia ellos.
Desde la perspectiva de Breton, la esperada conversión de las dos aspiraciones en una sola, tuvo su gran obstáculo en el stalinismo que falseaba el principio de la revolución. Por otra parte consideraba que “es por la causa de un ‘racionalismo cerrado’ que está a punto de morir el mundo” (op. cit.; 282, 235); que el predominio de la lógica significa entorpecimiento, esterilidad y pérdida de su vitalidad (Manifiestos, 293 - Surrealismo, 83, 842). No podían por tanto los surrealistas, supeditarse íntegramente a los requerimientos del partido, cuya acción consideraban “racionalista y disciplinada”. Así sólo estaban determinados a entregar a la diligencia política “una parte” de su espíritu (Surrealismo, 139). Era una situación de oposiciones que se resolvió en ruptura: los surrealistas se retiraron del partido (Surrealismo, 131).
Interesaba al surrealismo la liberación del espíritu y del hombre (Discurso ante el Congreso de Escritores) y afirmaba que el libre ejercicio del pensamiento “permitía alcanzar la resolución de los principales problemas de la vida” (Manifiestos, 44-45). Buscando lograr tal fin se aplicó a penetrar en esa zona interior desconocida, cuyo camino había descubierto Freud: “estaba muy interesado en Freud, y conocía sus métodos de examen que había practicado en enfermos. .. por lo que decidí obtener de mí mismo, lo que se procura obtener de aquéllos, es decir un monólogo lo más rápido posible, sobre el que el espíritu crítico del paciente no formule juicio alguno (Manifiestos, 40-41) y que sea en lo posible, equivalente a pensar en voz alta”. Intentaba “la conquista de lo irracional”, esa energía que actúa en los sueños. Así en el primer Manifiesto declara Breton: “Quisiera dormir... para dejar de hacer prevalecer el ritmo consciente de mi pensamiento”. Deseaba aprehender las formas que en la interioridad del hombre —en sus profundidades— operan sobre nuestra vida conciente (Manifiestos, 26).
Juzgaba que el espíritu despierto funciona siguiendo “sugerencias” de lo que él califica “una noche profunda”, el ámbito de lo inconciente que Freud denominó “abismal”. Es decir que lo que reputamos determinaciones objetivas, deliberadas, sólo son expresión de un operar que penetra en nuestra vida, pero cuyo “campo” desconocemos (Nadja). Se advierte aquí la presencia del pensamiento de Freud a quien Breton llamó “nuestro guía” y también la singular concepción de Groddeck. Freud asevera que el proceso de los sueños nos lleva a afirmar esa “actividad psíquica inconciente” que estaba “oculta a nuestra percepción conciente” (Freud, O.C., 1854-1855), que es “la base general de la vida psíquica” y “el grado preliminar de lo conciente” (Freud, O.C., t. I, 715). Discriminación de ámbitos diferentes en la vida psíquica y afirmación de la determinación activa de uno sobre el otro. Pasividad del yo sometido a la operación de “poderes ignotos e invencibles” (op. cit., t. III, 207).
Es también la concepción de Groddeck, quien en “El libro del Ello” —Das Buch vom Es— declara: “Sostengo que el hombre está animado de lo desconocido, una fuerza maravillosa que dirige a la vez lo que él hace y lo que le acontece. La frase ‘yo vivo’ sólo es correcta condicionalmente, no expresa más que una parte pequeña y superficial del principio fundamental: ‘El hombre es vivido por el Ello’”. El Ello cuyo contenido es contrario a la razón (op. cit., 2707-2708).
También en Rimbaud, por quien Breton se interesó en ciertos momentos apasionadamente [3] se encuentra análoga manifestación. En carta a Georges Izambard del 13 de mayo de 1871, Rimbaud escribe: “Yo me he reconocido poeta. Esto no es de ningún modo mi culpa. Es falso decir yo pienso. Se debe decir se me piensa”, afirmación que reitera en una carta a R. Demeney, del 15 de mayo de 1871: “Si el cobre se despierta clarín no es su culpa... La sinfonía hace su movimiento en las profundidades” (Arthur Rimbaud, de Claude Edmonde Magny, 66-68).
Precisamente el surrealismo “desplazó el interés del yo hacia el ‘ello’” (Surrealismo, 239), ya que según Breton sólo del “ello” pueden proceder los remedios para los “grandes males del yo” (Surrealismo, 233). Asumió entonces lo que para los surrealistas era su tarea propia: “a nosotros corresponde intentar percibir más y más claramente cuánto se trama en relación al hombre, en las profundidades de su espíritu” (Manifiestos, 204). Buscaba así conquistar lo irracional y “suprimir la hegemonía de lo conciente”, cuya lógica había “domesticado el espíritu”. Juzgaba que su liberación —aspiración del surrealismo— ha de alcanzarse por “un vertiginoso descenso al interior de nosotros mismos” (Manifiestos, 178).
Esto implica el “largo, inmenso y razonado extravío de todos los sentidos” (op. cit., 223) que exigía Rimbaud en su búsqueda de lo desconocido.
“Yo quiero ser poeta y trabajo para hacerme poeta... se trata de arribar a lo desconocido por el desarreglo de ‘todos los sentidos’ (Carta a George Izambard cit.). Y reitera poco después, en carta a Paul Demeney: “Digo que es necesario ser ‘vidente’... El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado ‘desarreglo de todos los sentidos’... él se busca a sí mismo... él deviene entre todos... el supremo sabio... pues arriba a ‘lo desconocido’”.
Anhelo de lo desconocido ya manifestado por Baudelaire en su poema “Viaje”:


Oh, muerte, capitán, es tiempo ya ¡Levemos!
...¡Escancia tu veneno pues, que nos reconforta!
Llegaremos en tanto nos abrasa tu fuego
¡Al fondo del abismo, Cielo, Infierno! ¿Qué importa?
¡Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo!


Búsqueda que los surrealistas continuaron, actividad poética que en Francia fue también la de Gerard de Nerval y Lautréamont, y en Alemania la de Novalis y Hölderlin (Surrealismo, 82).
Procuraron así penetrar en las profundidades del espíritu, en la propia interioridad.
Consideraban que éste era el camino para que el hombre recuperase toda su energía psíquica. Dos fueron los medios para ello, ambos involucrados en el término “surrealismo” y ambos sólo dependientes de la vida pasiva de la inteligencia (Manifiestos, 207): la escritura automática y las manifestaciones del sueño hipnótico. Los sueños que para Freud eran la “vía regia” para el conocimiento del inconciente (Freud, O.C., 713).
A través de estos medios el surrealismo emprendía lo que fue para Breton “una gran aventura”; la búsqueda en los confines de la vida despierta y la vida del sueño a fin de percibir sin traba alguna y así expresarla, la voz del inconciente.
Esta búsqueda manifiesta un aspecto de lo que Mircea Eliade ha llamado el Zeit Geist de comienzos del siglo XX: “la interiorización e inmersión en las profundidades” que puede verse en múltiples actividades: la exploración de Freud y Jung en la psicología, el reconocimiento de E. Recovitz de “fósiles vivientes” en el estudio de la fauna de las cavernas, así como las investigaciones de Lévy-Bruhl respecto de la mentalidad “prelógica”, el momento arcaico del pensamiento (Mircea Eliade, La prueba del laberinto, 184).
En distintos libros ha manifestado Breton cómo se iniciaron y desarrollaron esas prácticas de exploración de tipo automático (Pasos perdidos, 112-113; Manifiestos, 36-38; Surrealismo, 85) por las cuales se puede penetrar en lo inconciente; ese ámbito de lo desconocido en el que “el deseo impera ilimitadamente” (Freud había ya afirmado que el principio del placer “reina sin restricciones en el Ello”, O.C., t. III, 2708).
Conforme con su posición que elude los procedimientos de la lógica de la razón, la palabra “surrealismo” designa el automatismo psíquico que tiene caracteres semejantes al estado de sueño.
Y fue en las proximidades del sueño —“antes de caer dormido”— que Breton tuvo la experiencia que lo condujo a la práctica de la escritura automática. Una frase “como salida de un recodo” se le hizo perceptible sin causa que pudiera precisarse, a la que siguió una serie no interrumpida de frases, como si “se hubiera roto una vena en mi interior”.
Aunque en un primer momento Breton tan sólo retiene aquellas frases, posteriormente él y Soupault reproducen voluntariamente las circunstancias en que se habían originado, y así obtienen nuevas frases de tipo automático, que esta vez fijan mediante la escritura (Surrealismo, 85; Pasos perdidos, 113; Manifiestos, 41).
En esta primera experiencia de escritura automática las frases, como en la anterior ocasión, se suceden sin intervalo. Y cuando al terminar Breton y Soupault consideran sus textos, advierten entre ambos escritos diferencias provenientes de la idiosincrasia de cada uno de ellos; y a la vez, grandes semejanzas en sus errores y defectos, como también, entre otras, cualidades tales como una fecundidad fuera de lo común, emoción y calidad en las imágenes (Manifiestos, 40-41).
Así nace la escritura automática, “auténtica fotografía del pensamiento”. (“Hay imágenes surrealistas” que se “ofrecen” al hombre “despóticamente, sin que las puedan apartar de sí”.)
El primer producto de esta experiencia, fue el texto de Los campos magnéticos. Dice Breton “en sus números de octubre y diciembre de 1919, Litterature publicó bajo mi firma y la de Soupault los tres primeros capítulos de Los campos magnéticos. Indiscutiblemente se trata de la primera obra surrealista... ya que es el fruto de la primera aplicación sistemática de la escritura automática” (Surrealismo, 60).
Es condición para la libre manifestación de lo inconciente; que la escritura automática y el sueño provocado intentan alcanzar que se elimine toda consideración de orden lógico, moral, estético, sentimental o de buen tono que los limitan (Surrealismo, 33).
El surrealismo espera así que la escritura automática transcriba esa voz interior manifestándose en una espontaneidad total. Al respecto Breton observa que, contrariamente, cuando se opera persiguiendo fines precisos de determinación literaria, lo que se obtiene puede no provenir de lo inconciente. Y refiriéndose a ello, dice: “eso fue lo que sucedió”. Por lo cual desinteresándose, pasó a considerar la narración de los sueños. Por intervenir aquí la memoria que es falible, los fines perseguidos con este tipo de exploración no eran tan seguros de alcanzar. Se recurrió entonces a un nuevo procedimiento que, rechazando totalmente la creencia de comunicación con los muertos —“en ningún momento... adoptamos el punto de vista espiritista—... me niego formalmente a admitir que exista cualquier comunicación entre los vivos y los muertos” (Pasos perdidos, 113, 114, 115; Surrealismo, 84-85), utiliza únicamente las formas exteriores de las prácticas espiritistas: oscuridad, silencio, manos alrededor de la mesa tocándose por los meñiques. De este modo Revel entra en “sueño hipnótico” y comienza una alocución de la que no se toma constancia escrita. Posteriormente es Desnos el sujeto de la experiencia; esta vez Desnos escribe, y sostiene también un diálogo con los testigos del procedimiento. Desnos se manifiesta como el más apto para estas “incursiones” en lo desconocido. Es en oportunidad de estas experiencias que produce los “juegos de palabras”, provenientes según él, de comunicación telepática con Marcel Duchamp, entonces en Nueva York (Pasos perdidos, 113, 116; Surrealismo, 87, 89).
Junto a estos medios, Breton ha reconocido expresamente como otro procedimiento eficaz el de Salvador Dalí, que éste llamó “método espontáneo de conocimiento irracional”, que consiste en la objetivación de “asociaciones e interpretaciones delirantes” (Manifiestos, 301, 302; Surrealismo, 159, 160). “Actividad paranoio crítica” que tiene en su pintura una manifestación ejemplar. Proviene este procedimiento —según explica Breton— de la enseñanza de Da Vinci, quien inducía a observar las manchas de los muros viejos, “las cenizas, las nubes, los arroyos”, y derivar de ellos “batallas, paisajes o escenas fantásticas” (Surrealismo, páginas citadas).
Perspicaz y fecundo consejo, cuyo eco puede encontrarse en Breton, al hablar éste en “Crisis del objeto” de una deformación o transformación del mismo, provocada por la intervención de agentes tales como los “terremotos, el fuego, el agua”, fenómenos que tienen la virtud de evidenciar el poder “evocador” del objeto (Ir más allá de su ser evidente, hacia su ser oculto) (“Crisis del objeto”, en Antología, 118-119).
Breton ha cuidado distinguir la escritura autromática surrealista, de otra forma de fluencia del lenguaje: el monólogo interior de Joyce, resultado del esfuerzo del autor.
La escritura automática permite, en su pasividad receptora, el libre manar del lenguaje, en que éste recupera “toda su fuerza”, su capacidad creadora, en tanto el monólogo de Joyce imita la vida. Y recurriendo con persistencia a diversas manifestaciones y a distintas formas de las palabras, incurre en arbitrariedad (Manifiestos, 329, 330, 331).
Ha reconocido por el contrario, como su precursor a Achim von Arnim (1781-1831) en una entrevista con Ana Balakian (según ésta hace constar en su libro Antecedentes literarios del surrealismo, 40 y nota). También Albert Béguin en El alma romántica y el sueño (311) ha señalado que von Arnim, intentando expresar los fenómenos del inconciente, es el primero que recurrió a la escritura automática.
Sin embargo Marcel Courrèges, en su libro André Breton et les donnés fondamentales du surréalisme (150-160) en cuanto a considerar en la obra literaria en general, un origen “más allá de la conciencia” enuncia antecedentes que, pasando por Restif de la Bretonne, George Eliot, Longfellow y muchos más, llega hasta Platón, citando textos de Ion y Fedro, lo que le lleva a afirmar que el procedimiento surrealista se apoya en una constante del espíritu humano; sin que ello implique negar originalidad al método de Breton, si se considera el rigor con que el surrealismo emplea el automatismo, y la clara conciencia que tiene del papel que juega en la creación (op. cit., 159, 160).
Respecto a estas investigaciones y sus productos, Breton ha declarado en repetidas oportunidades, que nada tienen que ver con la literatura o con intereses estéticos (Manifiestos, 329, 208, nota 44; Surrealismo, 308). Las manifestaciones de lo inconciente tienen un “valor de documento humano” —para usar una expresión que Breton aplica al psicoanálisis—. Ellas hacen “accesible a la conciencia” lo inconciente, región de las profundidades, no manifiesta pero “revelable”, ámbito en el cual Freud “ha mostrado que reina la ausencia de contradicción” (“Génesis del surrealismo”, en Antología, 189). Así recuerda Breton y acorde con esto, afirma su creencia de que en nuestro espíritu existe un punto desde el cual la perspectiva no es la oposición: ahí la realidad y el sueño, vida-muerte, pasado y futuro, bien y mal, dejan de ser contradictorios y se armonizan en una realidad que es “absoluta”, “sobrerrealidad” o “surrealidad” (Manifiestos, 38, 164, 204; cfr. 82, 162, 163, 329).
Aquellos que mediante la escritura automática o el relato de los sueños, hayan penetrado en lo profundo, habrán accedido a una región de lucimiento de “toda la belleza, todo el amor, toda la virtud de que somos capaces”. Ámbito superior, realidad a la que el surrealismo pretende acceder, partiendo de “la vida de los presentes tiempos” (Manifiestos, 163).
Se ha señalado como explicación para la actitud surrealista, el horror y el desaliento de la época entre guerras que les tocó vivir —“jóvenes a quienes la guerra de 1914 acababa de privar de todas sus aspiraciones, para arrojarlos a una cloaca de sangre, imbecilidad y lágrimas” (Surrealismo, 25).
Pero la vida en la que el surrealismo “hunde sus raíces”, es también “la vida a la que dotó de elementos como el cielo, el sonido de un reloj, el frío, el malestar, es decir vida de la que hablo de un modo vulgar” (Manifiestos, 164). Y también: “Un policía, unos cuantos vividores, dos o tres alcahuetes de la literatura, muchos desequilibrados, un cretino, a quienes bien puede unirse, sin que quepa formular objeción alguna, un reducido número de seres sensatos, duros y probos, que calificaremos de energúmenos... ¿no son éstos los tipos adecuados para formar un equipo divertido, inofensivo, fiel reflejo de la realidad de la vida?” (Manifiestos, 171, 172)
Vida “degradada”, “desesperanzadora” que sin embargo es, dialécticamente, origen de la esperanza de alcanzar el ámbito de la conciliación en que se superan aquellos antagonismos “engañosos”, “absurdos”, que impiden al hombre “tener una justa idea de sus recursos”. Antagonismos perturbadores de los intentos de lograr un mundo, que no justifique las desoladas palabras de Vache sobre la “esterilidad teatral y sin alegría de todo” [4] (Surrealismo, 30; “Carta del 29-4-17”, en Antología del humor negro, 341).
En la oposición de la muerte y la vida, del sueño y de la razón que naufraga en el sueño, del pasado y del porvenir “aplastante”, y así también de la negatividad recíproca de las demás antinomias (verdadero y falso, real-imaginario, alto-bajo, bien y mal, etcétera) se limita la imaginación, única “incitadora” de la realidad (Manifiestos, 11). De este modo el hombre es coaccionado a la realización de una vida precaria, “inaceptable”, en un mundo “inhabitable”, “aberrante”, “caduco”.
Breton ha contrapuesto a esas oposiciones que considera imágenes de la “catástrofe humana”, la existencia de aquel punto en que se da la conciliación de los contrarios. Lo ha dicho, lo ha reiterado —Primero y Segundo Manifiesto— y hasta lo ha enfatizado: “De nada servirá intentar hallar en la actividad surrealista un móvil que no sea la esperanza de hallar ese punto” (Manifiestos, 162, 163). Declara también en entrevista con André Parinaud, estar en aptitud para percibir ese punto y para “tender con todas mis fuerzas hacia él y para hacer de esa misma tensión el objeto de mi vida” (Surrealismo, 155).
Afirmación vehemente de un designio que coexiste con su negación: “Creo en la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios que son el sueño y la realidad... es la conquista que pretendo, en la certeza de jamás conseguirlo” (Manifiestos, 30). Considera que adelantar en la marcha del espíritu hacia un mundo que sea “habitable” no es algo incondicionado, ni su logro absoluto (Manifiestos, 311, 312). Sabe que su avance es resistido y que la idea que se anuncia como verdad, declina al contacto con la “masa”, y es cambiada en calidad, al adecuarse a otras mentalidades (Manifiestos, 311, 312).
Por eso proclama: “No me gustan más que las cosas no consumadas”. Y en el Segundo Manifiesto: “Tengo más confianza en mi pensamiento que en una obra acabada” (Manifiestos, 165, 166). Y en Prolegómenos al Tercer Manifiesto, sentencia: “Todas las ideas que triunfan, inician el camino hacia su destrucción”.
Declaraciones todas estas, cuya negatividad denuncia la desesperación. Desesperación sin la cual, para Breton es “imposible” la fe en esa maravilla interior: el fulgor de toda la belleza, todo el amor, toda la virtud que el surrealismo intenta alcanzar en el interior del hombre (Manifiesto, 165).
Sólo la desesperación acredita esa fe. Y Breton la conoce: “Conozco la desesperación en sus grandes líneas. La desesperación no tiene corazón... vivo de esa desesperación que me encanta... Conozco en sus grandes líneas, la desesperación de largos asombros frágiles, la desesperación de la altivez, la desesperación de la ira... En sus grandes rasgos la desesperación no tiene importancia: es una faena de árboles que van a hacer otra vez un bosque, es una faena de estrellas que van a hacer otro día menos, es una faena de días menos, que va a hacer otra vez mi vida” (De “El revólver canoso”, Antología, 103, 104).


Sara Cameron
Universidad Nacional de Córdoba
Argentina
20 de agosto de 2004



[1] Antología, 32, 33.
[2] En adelante se lo designará “Surrealismo”.
[3] En Manifiestos, 147, 148, y en Los pasos perdidos, 60, Breton juzga negativamente a Rimbaud.
[4] Breton conoció a Jacques Vache en Nantes —1916— en tiempos de guerra. Ambos estaban movilizados. Breton, que fue profundamente impresionado por Vache (“No lo olvidaré nunca”; “A quien más debo es a Vache”; “Sé que ya nunca peteneceré a nadie con aquel abandono”), lo caracteriza por su insumisión total, bajo la forma de una indiferencia que a nada daba importancia. “—Desacralizaba todo”: “El arte no existe” —“No amamos el arte ni los artistas” —“Abajo Apollinaire” —“Ignoramos a Mallarmé”. Breton afirma que detestaba a Rimbaud y desconfiaba del cubismo. Asumió así para los surrealistas el prestigio de lo que para ellos era una liberación suma, liberación respecto a la moral que había evidenciado su negatividad en la guerra, liberación respecto del arte, liberación respecto a todo aquello a lo que se adhiere hipócritamente. La seducción de Vache sobre los surrealistas era poderosa. —En 1918, la correspondencia de Vache se publicó en forma de libro, “un pequeño volumen” con el título “Lettres de guerre”. En 1919, mes de enero, se enteró Breton del fallecimiento de Vache. Había ingerido 40 gramos de opio.

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