lunes, julio 07, 2014

Daniel Dragomirescu Fragmento de novela





Daniel Dragomirescu


ENCADENADO POR LA LEY




En un día soleado al principio del otoño de 1950, cuando toda Rumanía estaba esperando la llegada de los americanos con la respiración entrecortada, y los días del régimen de Groza-Dej parecían más contados que nunca, Stelian Teodorescu, ex inspector en el Instituto de la Cooperación, retirado antes del final de la guerra y avencidado definitivamente en el campo, recibió inesperadamente una carta de Bucarest por la cual se le comunicaba que, puesto que poseía diez hectáreas de terreno, las cuales labraba con „brazos de asalariados”, el Ministerio del Trabajo y de las Previsiones Sociales, mediante una comisión especialmente constituida, había tomado la decisión de dimitirle el derecho a una pensión.

Después de plegar el documento, con la cara pálida, Stelian Teodorescu miró a su mujer sin decir una palabra, se levantó lentamente de la silla y salió de la casa. Por primera vez en mucho tiempo sentía imperiosamente la necesidad de echar bocanadas de humo de un cigarillo, pero como había dejado de fumar antes de llegar a ser un fumador empedernido, estuvo satisfecho con respirar profundamente el aire fresco de la noche. Se encaminó a paso ligero hacía el cercado de la calle. Inclinando la cabeza, saludó a un vecino, quien estaba en frente de la puerta y parecía que estaba esperando a empezar una conversación con alguien, después se encaminó hacia atrás del corral donde estaba la construcción sólida de un granero, lleno hace mucho tiempo, pero que llegó a ser innecesario en los últimos años, desde que se habían instituido las cuotas agrícolas obligatorias. De paso, su mirada se detuvo en el baldío de al lado donde hace no mucho tiempo se había erguido la casa paterna de Trifu, un mozo entrado en años, sin padres, quien dilapidó de un día para otro la poca fortuna que tenía y quien había desaparecido en alguna parte de Bucarest. En su momento, el nuevo dueño se había dado prisa en echar a tierra la casa en ruinas, pero no parecía tener ninguna intención de construir una nueva en su lugar por razones solamente suyas.

Se detuvo al lado del tronco áspero y sólido de una morera vieja –que estaba muy grande ya hace cuarenta años, cuando se casó y vino del pueblo natal de Elvira, como maestro de escuela– Stelian Teodorescu se apoyó con una mano en el cercado divisorio y se quedó con la mirada fija hacia el baldío de al lado –desierto y triste como un cementerio– por encima de cual,  junto con las sombras de la noche, los murciélagos habían empezado a volar a placer. El imprevisto disgusto con el cual se acababa el verano y el período más o menos tranquilo de los últimos cinco o seis años, cuando llegó a acostumbrarse a su nueva vida de pensionado, le entristecía tanto cuanto le preocupaba. Cada vez que había pensado en los disgustos que podría haber tenido con los „camaradas”, quienes habían llegado al frente del país, junto a su régimen político traído en tanques soviéticos, no había imaginado seriamente que esas podrían haber sido causadas precisamente por esos pedazos de tierra esparcidos por algunas cuatro aldeas –por la vega del Arges y del Sabar–, que juntos no significaban ni la cuarta parte de una finca verdadera.  Por décadas esas partes habían sido dadas al trabajo „en parte” y nunca la gente que había trabajado allí se mostró descontenta de algo, al contrario, año tras año, pidió seguir labrando esas tierras, indicio de que el trato le convenía. Es más, él había cerrado los ojos con benevolencia cuando las cosechas de trigo y maíz en las parcelas más lejanas fueron menores en el pueblo a lo que había sido arreglado o contratado. Y fíjense que ahora los que le acusaban inesperadamente invocaban en justicia justamente esas tierras, en manos de alguna gente que ofrecía benévolamente sus „brazos de asalariados”, que le habían servido mucho y ni siquiera tuvieron alguna razón de quejarse porque las cosas no hubieran sido como deberían de ser. La verdad es que entonces él, Stelian Teodorescu, se había sentido protegido, porque nunca había hecho política militante al servicio de algún partido de gobierno en los años 20 o 30 y no había sido ni hombre de Carlos II o de Antonescu; había cuidado de su trabajo realengo honestamente y nada más.

Mientras se atormentaba así, hurgando en su mente por alguna culpa suya que justificara lo que estaba por sucederle, se sobresaltó al escuchar un ruido alrededor. Se movió de al lado del cercado, volvió su cabeza y encontró la mirada del perro Pelin que se estiró a sus pies en la yerba y le miraba fijamente con sus ojos húmedos, como si hubiese entendido las preocupaciones que le atormentaban el alma y hubiese querido ayudarle si hubiese podido. La cabeza grande con orejas aguzadas y hocico negro alargado le daban un aire solemne y respetable de mastín entregado a su amo.

- ¿Tú tambien has venido a ver si me aprovecho de los brazos de asalariados, por apoyarme en este cercado, Stalin?  –le habló el hombre–, olvidando por unos momentos que tenía que tener cuidado con lo que decía, incluso en su propia casa. Inmediatamente después empezó a toser e investigar los alrededores, pero no parecía haber nadie que oyera sus palabras no bien mesuradas. –¡Usted ya, bajo el techo, Pelin! –añadió deprisa, alzando su voz a propósito y diciendo con voz pausada el nombre Pelin–. Desde atrás de los membrillos y los ciruelos que crecían al lado de las gamellas encaladas del vecino del otro lado del baldío, resonó un ladrido corto seguido por la injuria de alguien, después se extendió un silencio relativo, y Pelin se retiró obediente bajo la techumbre del granero, donde se quedó con la cabeza sobre sus patas.

Diez años antes, cuando en verano, uno de los hombres que labraba la tierra trajo un cría de mastín, con el paladar negro y la cola tronzada, Elvira, con su infinito don onomástico, junto con su hijo Virgilio, se dio prisa en llamarle Stalin, para el divertimiento de sus conocidos y de los vecinos. En esos tiempos, por las calles de la aldea, marchaban las tropas armadas hasta los dientes del Wermacht, mientras que la guerra en el oeste estaba por estallar, de modo que el nombre del dictador bolchevique del Kremlin parecía justo para un perro rumano. Hasta unos amigos de Virgilio, quienes tenían cachorros, considerando el gesto oportuno y conceptuoso, se apresuraron en su turno a seguir su ejemplo. El nombre de Stalin había llegado así a tener, por un tiempo, un doble significado: de perro, en sentido propio y figurado. Sin embargo, años despues, mientras que los tanques soviéticos estaban por hacer su traqueteo poco alentador de orugas, escuchado por las calles de la capital de Rumanía, lo que había parecido oportuno y conceptuoso, había llegado a ser inoportuno y absurdo y muchos de los stálines cuadrúpedos en la aldea habían sido llevados deprisa y matados detrás de los corrales. Todo ese tiempo, en la calle que no hace mucho resonaba bajo las botas alemanas, andaban los ivanes aficionados al vodka y al Kalasnikov. Cuando no apestaba, la liberación podía partir, por casualidad, los tímpanos o perforar tu morra. En lo que le tocaba a Virgilio, le perdonó la vida al pobre cuadrúpedo, rebautizándolo deprisa con el nombre inocente de Pelin. El nuevo nombre había sido aceptado en un instante y con inteligencia por el perro, que no había envejecido mucho de modo que no pudiese adaptarse a los tiempos que tornaban rápidamente. Solamente los vecinos y los conocidos o los parientes sonreían, por sobrentendido, cuando escuchaban a los Teodorescu llamando a su perro por su nuevo nombre. Y la verdad es que ese nuevo nombre disfrazaba perfectamente al antiguo, ahora inoportuno y peligroso.

Cuando volvió en casa, Stelian encontró a su mujer durmiendo con la lámpara encendida en la mesa y con el frasco de medicamentos en la mesilla de noche junto a una pequeña Biblia, la cual se había acostumbrado a leer antes de acostarse. Por unos instantes miró el rostro cansado por la vejez y las preocupaciones. La mujer respiraba apenas y nombraba a Cristiana en sueño, su hija menor que murió en Bucarest después del bombardeo del 4 de abril de 1944.




(fragmento de la novela „Cronica Teodoreştilor”)

Traducător / Traductora: Ana Luţaş
Revisado por Maria Eugenia Mendoza Arrubarena (Ciudad de Mexico)



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