sábado, junio 03, 2006

Patrice Pluyette DÉCIDÉMENT RIEN

Patrice Pluyette



DÉCIDÉMENT RIEN




(Traducción de Marcela Benavides)












Ouï-vivre (Oír vivir o Rumores de la vida)



Bajo el tejado
que a la noche alumbra
me dispongo a leer
Erguido en el centro exacto de las dunas

Un libro sobre el ombligo

En mi mecedora siento las llamas de la chimenea
subiendo hasta mí, y me adormezco
Cada tanto tus pasos
vienen a ahogar el ruido de la lluvia que tamborilea

Yo estoy bien



A vie (Vivir)




1
El día

Escribir... leer... luego, disfrutar respirando el viento...

No conozco nada más hermoso

Con los pelos revueltos,
volver a escribir... leer... y amarte cada vez más...

No, no veo nada más hermoso...

2
La noche

Soñar que escribo... leo... que respiro el viento...
La noche reposa en tus brazos



Les arbres meurent debout (Los árboles mueren de pie)

Me exalto, río y lloro
la frente sembrada de oxidados barrotes donde se enroscan mis dedos
en este desierto donde veo a mi felicidad torcida por los obstáculos
en donde todo contacto se desviste de su dura cobertura para hacerme sentir
el olor de sus sudores
que goteando provienen desde el fondo de las cosas.

Una rama de encantos ha cavado grietas en mi alma
y ondulante penetro, me zambullo, y bravío emerjo como un corcho
atravesando mares hasta el suelo firme.

Belleza, tú me vences, tú y tu eternidad.
Pues tu perennidad te vuelve más poderosa y más pura de lo que ya eres.

Una perla de agua transparente rueda sobre un mantel de flores
entre los humosos bosques de una aurora de octubre que me embriaga y debilita.
Me arrojo y me arrodillo. La cabeza me da vueltas.
Atrás o adelante, todo a mi alrededor se confunde en los reflejos del tiempo
en donde las perlas de agua se multiplican sin cesar, quebradas, enturbiadas, todas distintas.
Yo me ennegrecería si pudiera.
Simpleza de un pétalo algo blanco que se inclina, puro, hacia el tronco.

Astilla del mundo
capricho de la pequeñez
de una mano
de un pan
emanación vigorosa
murmullo de rocío sobre las puntas, trozos de la tierra del sol
Carcasona, que suena.

Sonrisas, miradas, sentimientos y palabras, músicas naturales y tambores de guerra. Quiero ver al sol
tan tímido que deba tintinear. Hacer sentir lo invisible a nuestros ojos hastiados.

La vida es una imposición sin preguntas
en donde no hay curiosidad,
sólo descubrimientos.

Y vibro lleno de felicidad pensando que puedo alcanzar la plenitud aún sin tocarla,
que un día la alcanzaré aún sin la obligación de hablar,
pues la boca es sucia: la saliva y la baba la deshonran.

Apenas soy tierra un poco seca que no espera otra cosa que un riego suave
de agua para crecer, inflarse y florecer, dar frutos:
hacer que se disperse el pensamiento.
Vivir mucho para ver todo de varias formas, poner los pies en el cielo
y la cabeza en la tierra.
Enganchar nuestros cuerpos no exige más que un esfuerzo para desligarse e hincharse,
que se alegre desde sus huesos la flor secreta, escondida en los huecos de nuestra espalda.
Los vestigios, las ilusiones de la inocencia y los sueños de edades doradas
me sostienen:

Me vestí y rehice la cama. Desde la ventana entreabierta percibo en la gris claridad de la mañana las colinas que surgen desde nubes de vapor, allá, lejos, inaccesibles; en otra parte, se diría. Ha llovido anoche. Los olores de la madera mojada, suavemente podrida por el exceso de humedad, se mezclan con los efluvios que suelta un mantillo chispeante. Veo y comprendo al álamo temblón que en el jardín palpita en la brisa. No hay males desde ayer, no se hace nada, puede ser que todavía estuviera algo dormido; queda levantado sin hablar, está levantado sin moverse (alguna vez morirá, es seguro); el día se levanta, ya pasó la noche. Nos decimos que un álamo temblón en el viento, así, entiende las voces que provienen de lejos y lo provocan. Yo no entiendo de voces. Ni eso del silencio. Las voces del silencio nos hablan de danza. Ha llovido anoche, todavía llovizna un poco, ligeramente: alcanza. Los segundos y el tiempo vuelan en pedazos en esta liviandad reconfortante, en donde el presente se cosecha lentamente, con dedicación.

Es afortunado que mi solidez no me abandone jamás
vivir con este entramado
que arrastro lentamente y que no acaba nunca
y que, caído a menudo, me impide avanzar
ir más adelante dentro de mi propio atascamiento.

Soñar es la segunda vida, latente:
ella me invade
mientras no aguardo más que una señal para dejar de ser
para interrumpir la marcha
enterrar los segundos
aprobar las ondas
el tiempo que pasa es sólo una ilusión para dar vida a aquello que
contemplo, limpiando y hablando el lenguaje de los sentidos, enjugando
su esencia en el filtro de mi alma.
Elijo nadar un instante con los delfines.

Delante de esta rama
ante este viento
bajo este rayo dorado que me tuerce
la banalidad de una nube indiferente
la insipidez de una casa gris que me besa y me pregunta dónde voy.
Todo respira, hasta una piedra.
Hacer hablar a las piedras.
"Haz cantar a las piedras" gritan delante de la multitud.

Millares de manos dejan de respirar. El silencio las abate. Hay olor de esperanza, como si fuera fácil la pronta exaltación para todo lo evanescente del mundo, como si sólo fuera aprender a pasear entre esas bellezas del diablo, y que todos se soltaran de sus barrotes para empuñar las ramas encantadas que serán útiles bastones para todos nosotros, viajeros de lo sublime.



Passeur de gens (Atravesado por la gente)



Paso mis horas
en la sombra del más íntimo rincón,
bajo la humedad de bancos plateados,
contra el suelo pegajoso de los pasos multitudinarios de la gente.
Estas gentes... Ocupo mi tiempo buscando aquello que los atrae y apura...
Este repicar, este llamado por mí, que tan veloz me saca de los pasadizos de mi envoltura,
que me ha hecho empujar y aplastar sin ruido en el hueco de la trampa
que una mano ha abierto con sus puños para cubrirme con su sudor ardiente,
y me estruja... Y me atraviesa... Y me sacude en lo oscuro. Para perderme entre
los pasos de la multitud que escasa
se apura y moviliza.

Estoy entre un gran desfile de gente,
y escucho la música dulce
que planea en las corrientes de aire,
que ellos antes buscaron,
mas ellos ya no están:
que a lo alto los ha elevado,
hasta que vuelva
el llamado que atrae
nuevas gentes,
clamor sordo de voces, resaca de zapatos barnizados que se activan sin sonrisa,
el cuero redondo, cansado el tranco.

La sombra de un rincón..., la humedad bajo los bancos plateados...:
acecho sus partidas y retornos, sus llegadas;
todos los días, cada vez más, me acerco a esas huellas
que trepan hasta la cumbre de su mundo.

Me han doblegado en rana y brinco,
entre los imprecisos vacíos,
pequeños saltos hacia la luz de mi vida:
saber qué les hace apurar, conocer el sentido de esos llamados estridentes
que los agobian y paralizan y animan y hacer vivir;
desaparecer, a veces, y regresar, también,
a menudo para volver a irse,
también otras veces. Alegres, desafortunados, resignados.
El llamado es su deber.
Deber a llenar, como esa limpieza de las basuras con las que me ligo.
Esta basura es mi muerte, como el llamado es para esas gentes.
Pero de mi muerte no volveré, seguramente, mientras que ellos volverán, siempre,
y ya no quiero más de saber aquello que los hace y los empuja a regresar
tan tristes hasta la vida del llamado que suena y hacia el cual ellos corren,
esas gentes...,
para vivir o morir y después desaparecer para regresar y partir, sin fin.

Pequeño rectángulo perdido de cartón amarillo, que no se pudrirá, por no haber entendido la vida que llevan



Fantasme (Ilusión)



En un instante creí sentir
una sacudida sísmica,
una corriente telúrica,
ínfima,
desgarrar el aire inflado
de partículas epilépticas
que hacen subir hasta mi lecho
un clamor sordo
como un estruendo creciente que se aproxima

Aislado en mi estudio,
en el último piso de una torre,
me apresto a contemplar,
temblando,
la última obra de un hombre
antes de volver a reunirse conmigo

Pues de aquí hasta el fin de esta noche
bajo el yugo del anquilosamiento
la ciudad entera, comprimida,
es un fragmento grandioso
que termina por implotar



Avis de tempête (Aviso de tempestad)

Tranquilo apoyé mi bicicleta contra un cartel de la calle de la Piedra Larga.
Solo, atravesé el viento hasta llegar delante de las olas
que se debaten más abajo contra el muelle.

El mar está embriagado y deja en el aire las huellas de su saliva
bajo un cielo cargado.
Algunas personas se aproximan, inquietas como láminas impetuosas,
que, disuadidas por el viento, retroceden.
Yo llevo las botas verdes, un lustre amarillento y un gorro: no me ven.
Más allá de donde estoy apostado, distingo claramente las venillas blancas
que se forman en estrellas dentro de la lengüeta de las olas; ellas se estiran,
se deforman, se uniforman en una espléndida faja espumosa antes de dejarse atrapar
de un bocado por una mano gigante que se cierra de golpe.
No entiendo más mi respiración, solamente los chillidos de la orilla.

Pasé mi lengua por mis labios: arde mucho la sal.
Pensé en la comida que se hace, tan cálida, en la noche, sobre una mesa
de madera seca, la piel colorada, pigmentos de sangre, sangre palpitante,
la sopa con gruyêre fresco, como a ti te gusta.

Yo pienso en ti
en nosotros
--en una pena que viene de la infancia

En nuestro amor que permanece, pese a todo

Me he dicho: esta vez vuelvo a entrar.
Mis piernas tiemblan de frío.
Una última vez miré el fluir del oleaje, su surgimiento, su efervescencia, su estallido... en la palidez de este día en Bretaña.
Hay una barca, solitaria, amarrada al puerto, sacudida por todas partes. Oigo las voces que vienen de lejos, los gritos de niños a los que su primera tempestad pone, probablemente, en conflicto.
Las gotas de lluvia lanzan sus dardos. Me subo la capucha por encima del bonete; hice un nudo apretado para me proteja con seguridad.
Mis piernas temblaron todo el día.

Al ascender, sonreí.
Una imagen flotante pasa bajo mis ojos.
Cálido, ideal, yo guardo el sabor:
Tú, yo,
con cuanto nos rodea.
Los pequeños tú, los pequeños yo,
Sobre todo esos pequeños tú.

Llevada por el viento, sin un aleteo, una gaviota atraviesa el cielo

2 Comments:

At 01 junio, 2006 17:05, Blogger Martin Sosa Cameron said...

Traducido del libro de Patrice Pluyette, poeta y novelista nacido en Francia en 1977, Décidément Rien, Librairie-Galerie Racine, Paris, France, 2001

 
At 23 julio, 2006 19:47, Anonymous Anónimo said...

Muy notables los poemas, ¿dónde puedo conseguir el libro?

 

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