domingo, abril 30, 2006

Martín Sosa Cameron QUINTETO CONTRA EL HASTÍO

Martín Sosa Cameron


A Marcela Benavides, mi mujer


QUINTETO CONTRA EL HASTÍO
(Selección)







El sostén de nuestra vida radica
en la imaginación y no en la realidad

C. P. Cavafis









NARCISO



Miró su hermoso rostro en el espejo y cariñosamente, apoyando los labios, lo besó en la frente.




AUDINA



A ella cedo sin resistencia por la maravillosa facultad que posee de atrapar la música con sus manos; basta que frote suavemente las yemas de los dedos cerca de mis oídos para que surjan sonidos con nitidez y dulzura, al ritmo de graciosos movimientos. Cuando la acaricio, brotan cantos de su cuerpo desnudo, cantos antiquísimos y nobles como el mismo río a cuyas orillas nació, cerca de Antalya.




CARA COMÚN



Francamente, ya estoy harto de que me tomen siempre por otra persona. ¿Será tan vulgar, tan común mi cara, para merecer esta confusión?
Si voy por las calles recojo saludos de quienquiera y a duras penas evito diálogos con aquellos que suponen que soy alguien de su conocimiento y hasta me felicitan porque me casé o por mi séptimo hijo varón o porque saqué la lotería o por mi regreso de tal o cual país o también me regañan pues aún no pagué esta o aquella deuda contraída hace tiempo o por haber tenido alguna expresión en un momento poco oportuno. Y nada de cuanto se me dice está en relación conmigo, ya que, como digo, me confunden con otro.
Y entre estas charlas y mi explicación de que no soy la persona que ellos creen, hay un rosario de saludos entre amables, secos, distraídos, de individuos que al verme me dicen “¡Hola, Pedro!”, “¿Qué tal, Antonio?”, “¡Salud, Francisco!”, “¿Cómo estás, Federico?”, “¡Chau, Benito!”, “¡Hola, tío!” y frases por el estilo. Lo único que faltaría es que me confundan con una mujer, y así como puedo asegurar que esto nunca sucederá, también afirmo que jamás fui gordo: lo digo porque días pasados, confundiéndome vaya a saber con quién, uno me saludó así: “¡Oh, Renato!, ¿adelgazaste?”.
No encuentro solución a mi problema. Donde vaya, tenga o no barba, bigote o anteojos, esté solo o acompañado, de buen o mal humor, me pasa lo mismo: siempre soy otro; y lo peor es que cuando alguien sabe quién soy en verdad, no se atreve a saludarme, pues, conociendo mi caso, teme equivocarse u ofenderme, al no entender, al final, quien realmente soy yo.








TRASLACIÓN



El señor A se casó con la bella señorita B y tuvieron a 1, 2 y 3 por hijos; poco después, A falleció. La viuda B pronto se casó, con el señor C; este matrimonio tuvo tres hijos: 4, 5 y 6, y hubieran venido otros a no ser por la temprana muerte de la señora B. Su viudo, C, cargando los seis vástagos, pronto encontró una excelente nueva mujer en D, y con ella pudo todavía ser padre de los encantadores 7, 8 y 9, hasta que en un accidente perdió la vida. No bien D, bonita y sensual, secó sus lágrimas de viudez, aceptó la proposición matrimonial de un viejo admirador suyo, el simpático señor E, con quien también tuvo tres hijos: 10, 11 y 12, cuando una aguda infección la llevó a la tumba. El desconsolado E en seguida retomó el sabor de las buenas cosas pues además de los niños y el buen recuerdo de su mujer se cruzó con F, hermosa y fresca muchacha con quien rápidamente se casó y de esa unión nacieron 13, 14 y 15; pero como venía sucediendo, estos nuevos chicos y esta nueva madre perdieron prontamente a E, quien murió de un ataque cardíaco. Como se supondrá, la joven viuda F volvió a casarse, y esta vez con el adinerado señor G, al que dejó solo en el mundo luego de haberle dado por hijos a 16, 17 y 18; cargando con esta enorme ristra de hijos propios y ajenos, G consiguió nueva cónyuge en H, una linda maestra siempre sonriente y amante de los niños, con la que tuvo tres nuevos críos: 19, 20 y 21, hasta que el exceso de trabajo y ocupaciones económicas bajo su responsabilidad dieron cuenta del pobre G, que tan noble había sido en atender las necesidades de tantos chicos. Con todo, la viuda H pudo seguir manteniendo los niños gracias a la gran fortuna que le quedó de su esposo y su belleza estaba lejos de haber disminuido, por lo que sin dificultad recuperó su condición de mujer casada, ahora con el señor I, con quien acaba de tener su sexto hijo, una niña, luego de haber nacido 22 y 23, lástima que al dar a luz a la niñita, bautizada con el nombre de 24, su madre murió en el parto. El atribulado I no encuentra consuelo por la muerte de su mujer, pero su llanto casi no se percibe por el ruido que hacen los párvulos, que le rodean y gritan y que él mismo no sabe aún distinguir cuáles son sus hijos, cuáles los hijastros y quiénes los que están a su cargo, así como los infantes ya no saben qué grado de parentesco les une entre sí, por lo que en la casa donde todos ellos viven, reina la confusión.




QUINTETO CONTRA EL HASTÍO



A: —¡Bien, son las ocho de la mañana...! Será mejor que me levante...
B: —Es cierto... ¡Yo haré lo mismo...!
C: —¡Ay, con tanto alboroto para luego no salir de la cama...!
D: —¡Pero caramba...! ¿Por qué no se callan y me dejan dormir tranquilo?
E: —Así es imposible descansar como Dios manda, señores: ¡hoy es domingo...!
D: —¡Claro, claro...: hoy es domingo! ¿A qué este bochinche tan temprano? Mejor aprovechemos para seguir reposando...
A: —Usted, D, como siempre rezongando. ¿No ha estado acostado ya lo suficiente? Vea, vea qué hermosa mañana...
D: —¡Al diablo con esas pavadas! Además, no entiendo por qué, después de tanto convivir no nos tuteamos, ¿eres imbécil acaso?
A: —Otro insulto y le doy una paliza, ¡una buena paliza, mi amigo...!
D: —¡Ja ja! ¿Cómo va a hacer para pegarme, eh? ¿Me quiere decir cómo?
B: —¡Basta, basta! ¡Ustedes dos son incorregibles! Un día tan despejado como éste y ya desde el comienzo están peleándose...
C: —Sí, mi querido B, tienes razón, pero no me negarás que D es un amargado y A un neurótico absoluto... El más equilibrado de todos soy yo, y después E. ¡Ja ja ja!
E: —A mí déjenme en paz... Si A y D no simpatizan, es cosa de ellos... Pero ocurre que con o sin ganas ya estamos despiertos. Y siendo yo cuerdo, según el generoso C, ¿qué tal si desayunamos?
—¡Yo quiero café negro! —dice entusiasmado A.
—¡Y yo un té con limón! —expresa B.
—Para mí, nada mejor que un buen chocolate —señala C.
—Yo soy más humilde: sólo pretendo un yerbiado —opina D.
—Es difícil desayunarse con otra cosa que no sea leche pura... —se lamenta E.
C: —Puesto que ninguno está de acuerdo, votemos. No es posible complacer cinco gustos diferentes.
—¡Bravo, muy bien! Votemos. ¡Eso sí que es correcto!
Cada uno apoya su propio pedido y no hay armonía. Supuestamente hábil, C propone un sorteo: es lo que invariablemente se hace los fines de semana. De lunes a viernes, en cambio, por turno, cada uno impone su gusto a los demás, quienes, obedientes, acatan sin protestar. Y así, gana el café negro.
B: —¿Y quién lo va a preparar, entonces?
D: —¡Uf! ¿Otro sorteo más?
A: —Nada de eso: si ganó mi idea, lo hago yo... Además, soy el mejor dispuesto para hacer el café.
Media hora después, el desayuno ha terminado.
D: —¡Todavía tengo sueño...! Si no fuera por el cretino de A aún estaría durmiendo.
A: —Si pudiese..., ¡qué lección le daría! Lo silenciaría, ah, por largo, largo tiempo...
E: —¡Vamos, dejen de agredirse!
C: —¡Muy bien, muy bien, cesen la discusión...! ¿Qué haremos ahora?
B: —Ir a tomar aire... A más de uno le vendrá bien desintoxicarse de su encierro.
D: —Pienso que deberíamos continuar con el sueño... ¡Apenas son las nueve!
E: —No, señores, ya estamos despiertos y desayunados. A esta altura no es prudente regresar a la cama, mi estimado D, discúlpame. Creo que salir al jardín a gozar del día es lo recomendable. ¿Vamos?
A: —Si salimos, que sea a misa.
D: —Yo soy calvinista y ni por broma iría allí...
E: —Mi religión es la ortodoxa, para qué terciar en esto...
C: —Un ateo como yo ni se preocupa por semejantes tonteras...
B: —Por mi parte yo soy sincretista, de manera que resolved de una buena vez lo que haremos.
A: —Si nos quedamos, juguemos al fútbol entonces. Yo seré el árbitro.
B: —Todos sabemos que tal cosa es imposible.
A: —¡Para un picado de cinco basta y sobra...!
D: —¡Ja ja ja...! ¡Qué torpe eres!
E: —Que A y D suspendan su enfrentamiento. Ya son las nueve y media y nada se ha resuelto para disfrutar de una mañana tan linda. Repito mi propuesta: tomemos aire fresco, pasemos al jardín...
A, B, C y D aprueban a E. Al fin y al cabo, como sucede todos los sábados y domingos, es la única solución, aunque A y D, milagrosamente coincidentes, se quejarán suplicando contra esa monotonía.
Una vez afuera, aparece Margarita, una aislada y sesentona divorciada que habita la casa lindera.
A: —Ahí está nuevamente ese vejestorio insoportable, siempre curioseando.
B: —Creo lo contrario: es muy amable y nada vieja.
C: —Más bien, desgastada.
D: —No, señores: todavía conserva su belleza...
E: —Es algo hipócrita, pero en fin... Ya miró para acá y hay que saludarla.
—¡Buenos días! ¡Bonita mañana! ¿Verdad? —exclama ella sonriendo, mientras con rápida mirada busca por todas partes un nuevo motivo para sustentar su huera cordialidad.
—Realmente... ¡Un hermoso día, doña Margarita! —responden al unísono A, B, C, D y E.
Y permanecen en silencio, ya dirigiendo sus ojos al cielo o escudriñando alrededor con cerril intención. Margarita observa de reojo, y medita sobre cuán extraño es su vecino, siempre tan solitario y, sin embargo, jamás ensombrecido por los males del aburrimiento. “¿Cómo hará?” se pregunta ella, que no ha encontrado aún un método para matizar ese tedio terrible a que la someten inflexiblemente sus días.




Selección hecha por el autor de su libro Los hombres de humo, Ediciones Mundi, Córdoba, Argentina, 1987















1 Comments:

At 01 junio, 2006 17:14, Blogger Martin Sosa Cameron said...

Sobre críticas a este libro, pueden consultarse, por ejemplo, Culleré, Carlos (UNESCO): Silva de varia y memorable lección, La Voz del Interior, Córdoba, Argentina, 20 diciembre 1987; Garasa, Delfín Leocadio (Academia Argentina de Letras): El cuento y su poder de sugestión, La Nación, Buenos Aires, Argentina, 10 julio 1988

 

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